Para leer el periódico en Honduras necesitas agua oxigenada y amoniaco. Esto para poder sacarte la mancha de sangre que queda en tus manos después de más de 60% de noticias violentas que traen cada día (estoy siendo conservador).

Matanzas, asesinatos, violaciones, tiroteos. Acá la violencia obedece a un patrón que nos impone una coreografía con el ritmo del celular, que a cada instante vibra anunciando un nuevo hecho violento. Lo acompañan locutores con el “última hora” y los comentarios de las redes sociales, provocando miedo y desinformación.

Este sensacionalismo con que los periodistas narran la crónica roja tiene un doble fin: 1) generar el miedo suficiente para justificar la militarización del país; 2) incentivar la violencia al empobrecer la educación de las personas con la desinformación, pues no difunde “lo importante” de la vida social.

Para nadie es un misterio que los medios operan en función del poder político hondureño, la prensa no tiene mucho éxito en decir a la gente qué tiene que pensar, pero si lo tiene en decir sobre qué tienen que pensar.

Así, el enfoque transgresor de la crónica roja sobre los aspectos éticos y los valores, busca reducir la capacidad de exigencia pública al Estado sobre los elementos que nos pueden llevar a tener una buena vida, justificando nosotros mismos el excesivo gasto en seguridad, en desmedro de, por ejemplo: tener agua potable en las casas de las ciudades, que se deje de cortar la luz o contar con oportunidades de empleo para alimentar a nuestras familias.

¿Qué nos provoca esto?

Al igual que los impactos de la comida rápida en la salud, el periodismo amarillista tiene un impacto en la cultura. Pero a la mayoría, la cultura no le importa. Con la aparición de internet, el periodista “antiguo”, el que nos enseñaba sobre la realidad en sus artículos, fue desapareciendo para reforzar el rol del periodista amarillo, el que utiliza el lenguaje vulgar y grotesco para lograr llegar ampliamente a la sociedad.

A los medios hondureños les interesa más mostrar escenas de la vida privada, atizar el fuego del escándalo, alimentar el morbo con titulares llamativos y suscitar polémicas intrascendentes, pero no ejercer la actividad profesional con el objetivo de servir a la comunidad y de contribuir al bien común.

El morbo también nos va insensibilizando, por lo que las noticias de hechos violentos también se han vuelto más duras para no dejar de provocar una sensación de vulnerabilidad e impotencia en la ciudadanía.

Se podría decir que tenemos estrés postraumático, porque cuando le pregunta a cualquier persona, incluso la que vive en los barrios donde nunca ha llegado la delincuencia, te responden que temen por su seguridad, aunque tienen mínimo 2 tipos armados abriendo la puerta y ni pensar en el temor de los que viven en la barriada sin guardias.

La paranoia también se implantó en la gente, ya que muchos creen que le tienen intervenido el teléfono, especialmente los funcionarios públicos, políticos y empresarios (hasta los chiquitos y sin ninguna influencia en la vida política).

Todo esto es por el poder de la crónica roja. Todo esto por el rezago del periodismo hondureño.

Rezago del periodismo

La crónica roja no es nueva en el mundo, todos los países han tenido lo propio, especialmente durante la década del 60, 70 y 80. Pero en los 90, los medios de comunicación comenzaron a cambiar para colaborar en los procesos de construcción de la democracia y ahora la mayoría de los medios de comunicación de los países desarrollados, o a punto de serlo, tienen relegada la crónica roja a periódicos especializados en esto u ocupando las últimas y pocas páginas de sus ediciones; jamás en la portada, al menos que sea algo muy fuera de lo común o un atentado terrorista.

Si analizamos el cambio del periodismo y la noticia mundial, vemos que el periodismo hondureño sigue sumido en la época de las dictaduras latinoamericanas. Los medios y periodistas han perdido su ética como comunicadores, para seguir mamando de la teta del Estado (publicidad estatal y regalitos). Pero con esto han permitido que la violencia siga creciendo, que la sociedad tenga miedo y aguante políticas represivas, y que los políticos corruptos sigan en la impunidad.