En 1346, una plaga terrible se propagó por Europa, sembrando la muerte y la destrucción: la peste negra. Esta quedó arraigada en la mente de los europeos, pues era un huésped indeseable y fatal, de la cual se ignoraba su terapia, afectando a ricos y pobres por igual.

La gran cantidad de muertes provocó la escases de mano de obra para los señores feudales, quienes establecieron regulaciones leoninas para reforzar el cobro de impuestos, además de aumentar el esclavismo laboral, para así mantener su estilo de vida.

Sin embargo, la clase trabajadora, al ver que los señores feudales seguían viviendo en la opulencia y ellos continuaban en la miseria, aprovechó la escases de mano de obra para negociar reformas laborales que mejoraran el salario y la obtención de alimentos, bajo la amenaza de emigrar a otros feudos si no optimaban sus condiciones de vida.

Estas demandas trataron de ser aplacadas con el cobro de nuevos impuestos y la creación del Estatuto del Trabajador, el cual reducía el salario e intensificaba el esclavismo al fijar días de trabajo obligatorio sin derecho a remuneración.

Pero tras algunas revoluciones sociales y décadas de lucha, el feudalismo tuvo que ceder. Una parte de Europa, como Inglaterra, incluyó a los trabajadores al modelo económico, reduciendo los impuestos y aumentando los salarios, sentando las bases para una economía inclusiva; la otra parte de Europa, presionó más las regulaciones feudales, especialmente los impuestos, limitando la generación de riqueza de sus países y acrecentando la pobreza social.

La bubónica hondureña

Al igual que la peste negra en Europa, la plaga bubónica de Honduras es la corrupción, la cual afecta al 100% de la población, pues el dinero que se podría invertir en desarrollo económico y social, se destina a mantener el estatus de los señores feudales políticos y empresariales.

El debilitado aparataje estatal, para poder mantenerse a flote, diseñó nuevos impuestos, realizó reformas tributarias, acrecentó la presión impositiva en la clase media y se encuentra incapacitado para controlar el subempleo que afecta a cerca del 60% de la población.

A esto se suman protestas sociales cada vez más frecuentes, lo cual motiva un refuerzo del control policial y militar en el país, como también el debilitamiento de las instituciones encargadas de impartir justicia, todo lo cual afecta el desarrollo económico de Honduras y su gente.

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Corrupción en Honduras

Al compararse la peste negra del siglo XIV y la Honduras del siglo XXI, se aprecia que las reformas políticas para mantener funcionando la economía son similares: elevar impuestos, reducida protección del trabajador, desprotección social y mantenimiento de las élites.

En el país se ha iniciado una gran cruzada contra la corrupción, mejorando la percepción internacional sobre el país. Transparencia Internacional, en su informe 2016, señaló que Honduras mejoró en el índice de corrupción, lo que la ubica en la deplorable posición 112 de 168 países evaluados. Y si vamos al dato numérico, el país sólo tiene 31 puntos de 100, o sea, es un país altamente corrupto.

Entre los años 2008 y 2015, la corrupción desfalcó 4 mil millones de lempiras. Además, se presentaron 3,471 denuncias por corrupción de funcionarios públicos, pero sólo 238 llegaron a tribunales y en un sólo caso se determinó pena de prisión, afectando a un policía por soborno.

La impunidad es flagrante, afectando también la Cuenta del Desafío del Milenio que aportaba 200 millones de dólares para el desarrollo y en la cual Honduras, de seguir mejorando los índices de corrupción relacionados a la administración gubernamental, podría volver a ser parte en el 2018. Tarea difícil si se mantiene la Ley de Secretos.

Como un mecanismo para combatir la impunidad llegó la MACCIH, la cual ha causado más revuelo que soluciones, pues es un órgano consultivo, cuyas resoluciones no tienen fuerza de vinculación legal. O sea, seguimos dependiendo del Poder Judicial para solucionar la corrupción.

Las ratas de la impunidad

La propagación de la peste negra alcanzó ribetes catastróficos debido a las ratas, las cuales se movieron de Asia a Europa en los barcos mercantes. Las pulgas de las ratas inoculaban en las personas el virus, y estas al desplazarse propagaron el vector de la enfermedad.

Cuando la sociedad europea se dio cuenta que las ratas eran las portadoras, ya habían sido diezmados en un 60% del total de su población, pero adoptaron medidas higiénicas más rigurosas que, con el paso del tiempo, redujeron la predominancia de la enfermedad.

548 años después del brote, el bacilo logró aislarse en 1894. No obstante, no ha podido erradicarse y la peste negra sigue afectando a unas 2,000 personas anualmente.

Al igual que las ratas en Europa, el Poder Judicial está diezmando a Honduras al promover la impunidad. Ya sea por la falta de recursos o por estar supeditada de fondo al Poder Ejecutivo, los jueces y magistrados contribuyen a propagar la corrupción al no sentenciar corruptos.

La Comisión Interamericana de Juristas denunció que el Congreso Nacional ejerce un control considerable sobre el Poder Judicial, destruyendo el Estado de Derecho, por ende, la Democracia. Igualmente, la ASJ indica que los tribunales mantienen la impunidad al analizar 1 de cada 12 casos de corrupción solamente.

161 empleados y funcionarios de la Corte Suprema suspendidos, 2 prófugos, 2 encarcelados ha dejado el Consejo de la Judicatura en su depuración judicial, la cual espera terminar para el 2019. No obstante, el mismo Congreso de Estados Unidos reconoce que esto es insuficiente y denunció en el texto introductorio de la propuesta de “Ley Berta Cáceres” que el Poder Judicial es un nido de corruptos.

Esto se aprecia en que la corrupción menor es la más judicializada, pero la de gran impacto puede demorar hasta 10 años en ver una solución. En los pocos casos sentenciados, se aplica una medida alterna que anula la restitución del daño y permite volver a ejercer cargos públicos.

Tras 25 años de tratar de limpiar la corrupción, Honduras aún no tiene una ruta clara de cómo hacerlo, y las medidas adoptadas han inoculado muy poco las altas jerarquías de la corrupción, concentrándose en los actos menores, principalmente por la falta de vinculación entre la investigación, la judicialización y la sanción.

Ojalá no pasen 500 años para aislar el bacilo de la corrupción, ya que medidas como la persecución penal, una reforma al Código Procesal y Penal, la reforma legal relativa al enriquecimiento ilícito, la prohibición de la simplificación procesal y la exigencia de restituir el daño causado e indemnizarlo, son acciones que se pueden adoptar en el corto plazo para evitar que las personas sigan muriendo por la peste negra que azota a Honduras.

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